Frank Lloyd Wright vs E.J. Kaufmann. El Arquitecto y su cliente

He tenido siempre la suerte de tener clientes que han confiado en mi a la hora de diseñar su casa.

Clientes que con valentía y confianza han aceptado conceptos y ideas poco convencionales,  no conocidos por ellos pero que se han convertido esenciales en el diseño final.

A menudo ese terreno no conocido ha permitido que ellos mismos aporten ideas que me han llevado a revisar y modificar mis propuestas, con un estimulante enriquecimiento del resultado final.

Casas y espacios que hemos vivido conjuntamente, a lo largo del diseño, planificación y construcción. Considero esencial esa relación con el cliente a la hora de imaginar una futura casa.  Relación que se debe basar en la confianza mutua y que tan difícil es de conseguir.

Hace un par de semanas estuve en Pennsylvania, visitando la famosa casa Fallingwater, de Frank Lloyd Wright, construida entre 1935 y 1937.

La típica visión de la casa Kaufmann, desde abajo.

Me ha fascinado la historia de su concepción y construcción, donde se pone de relieve la importancia de ésta relación cliente-arquitecto de la que os hablaba, aunque en éste caso la relación roza lo sublime en  resultado y resulta dantesca en las formas, dadas las características excepcionales tanto del arquitecto como del cliente.

El encargo le llega a Wright en 1934, cuando el arquitecto parecía estar en el ocaso de su extendida carrera. Eran los años de la gran depresión y Wright, con 67 años, estaba casi sin trabajo. La casa Willey, en la que estaba trabajando, era su segundo encargo desde el 27.

El cliente, Edgar J. Kaufmann era un exitoso hombre de negocios, propietario de las tiendas Kaufmann, hoy Macy’s.

Kaufmann encarga a Wright una casa de fin de semana en Pennsylvania, en un lugar llamado Bear Run, propiedad de la familia. Los Kaufmann  tenían en mente una casa cerca de la catarata donde le gustaba tomar el sol, bañarse y hacer picnic.

Kaufmann y Wright, en Taliesin. Los buenos tiempos antes de la obra

Una de las rocas era el lugar favorito de Sr. Kaufmann para tumbarse al sol y escuchar el ruido de la catarata. En algún momento, Wright mencionó a sus aprendices que iba a colocar esa roca en el corazón de la casa, a convertirla en su suelo.

Kaufmann, impresionado por Wright y tras una visita inicial al lugar, deja en manos de Wright el diseño de la primera propuesta. Tras 9 meses de espera y sin noticias de Wright, Kaufmann llama a Wright, anunciando su visita sorpresa al despacho de Wright en Taliesin.

Wright no había trazado una sola línea del proyecto, pero realiza en 15 o 20 minutos el primer esbozo de la casa, que resulta ser muy parecido a la casa construida al final, y que entusiasmará a Kaufmann.

Wright llevaba la casa en la cabeza, siguiendo su teoría: “Concibe el edificio en la imaginación, no en el papel sino en la mente, a fondo –antes de llegar al papel.- [ déjalo vivir ahí, gradualmente tomando una forma más definida, antes de acometer la mesa de dibujo]. Cuando la cosa viva por ti empieza a diseñarla con herramientas. No antes.” In the cause of Architecture –The logic of Plan, Architectural record nº 63 de 1928

el bueno de kaufmann

A pesar de su inicial entusiasmo, Kaufmann no iba a tardar en saber lo que otros clientes ya sabían, que Wright era “lento en mandar dibujos con suficiente detalle, tacaño en supervisiones, propenso a introducir pequeños cambios, poco dispuesto a aceptar los errores, escurridizo prometiendo soluciones, rápido en ofenderse y aún más rápido en ofender. Era también desvergonzado a la hora de presionar por honorarios adicionales, tando si eran debidos como si no” (Donald Hoffmann, “Frank Lloyd Wright’s Falling water, the house and its history)

La ejecución de la obra resulta ser de una tensión constante, con Kaufmann y sus supervisores intentando controlar gastos y detalles, y Wright presionando para seguir adelante con esa casa que, efectivamente, está unicamente en su cabeza.

Kaufmann pide adaptaciones del proyecto a sus deseos, y Wright se obstina en negárselas, hasta que Kaufmann, el 25 de  Agosto del 36, le dice a Mosher, aprendiz de Wright a cargo de la obra: “Yo soy el único que va a vivir en ésta casa, y la quiero así. Que sabrá el arquitecto de lo que yo pueda querer?”.

Wright, escandalizado, le escribe a Kaufmann el día 25:  “al parecer se ha desarrollado por su parte una actitud del tipo “que sabe el arquitecto de lo que yo quiero-yo voy a vivir en ésta casa-no él. Bueno, había oido de semejante provincianismo en mujeres, pero nunca antes en un hombre, Y no es aún tarde para que usted pueda encontrar un arquitecto que sepa lo que usted quiere. No sé con qué tipo de arquitecto está usted familiarizado, pero aparentemente no es el tipo que yo creo ser. Usted parece no saber tratar a uno decente, He puesto tanto en ésta casa  si a ésta alturas no tengo la confianza de usted o cualquier otro cliente, entonces al infierno con todo ”. Ese mismo día, Wrigth le pide a Mosher que deje lo que está haciendo en Bear Run y vuelva a Taliesin.

El temible Wright

Es difícil no sonreirse ante éstas líneas, ni compadecerse del pobre E.J. Aún así, resulta admirable ese tesón de Wright, tesón que permite llegar a la conclusión de la casa tal como lo conocemos y que a la vez debía resultar desesperante para Kaufmann.

Wright, con 67 años y una larga carrera arquitectónica, es un personaje endiosado, consciente de estar haciendo historia, y que lucha por su proyecto, decidiendo por su cliente cuales son sus deseos y posibilidades económicas.

Las anécdotas se multiplican, los problemas técnicos se suceden, pero la construcción de la casa llega a su fin tras varios años de trabajo y un presupuesto que inicialmente era de 30.000 $, convertido en 75.000 $ en 1937, más 22.000 $ adicionales en detalles durante 1938 y 50.000 $ más en 1939 para la casa de invitados. Los honorarios de Wright quedaron al final en 8.000 $, lo cual no resulta ser mucho.

¿qué saco yo de todo esto?

Para mi resulta ejemplar la clarividencia de Wright, su obstinación en mantener la esencia radical del proyecto, el saltar por encima de las dificultades para llevar a buen puerto la construcción de Fallingwater.

Mi buen amigo y maestro Tomás Morató me decía el otro día, en la visita de obra de la rehabilitación de la sede del distrito de Sants, obra que estamos dirigiendo conjuntamente, que hay que ir por delante de todos en la dirección, con la cabeza en el resultado final, reservando  fuerzas, mostrando tan solo una pequeña parte de lo que deseas.

Es casi marcial como concepto.

Por otro lado considero que la relación con el cliente debe mantenerse dentro de un cauce de respeto mutuo, y me parece para ello más adecuado el diálogo que la imposición. Al menos me siento más cómodo en ese marco de trabajo.

6 responses to “Frank Lloyd Wright vs E.J. Kaufmann. El Arquitecto y su cliente

  1. Yosko,

    a mi también me interesa mucho la relación entre cliente y arquitecto, y al leer la reacción de Kaufmann (eso de “Yo soy el único que va a vivir en ésta casa, y la quiero así. Que sabrá el arquitecto de lo que yo pueda querer?”, que todos conocemos) he pensado en un post me que hizo reir mucho…

    Esté en el blog de n+1, que tiene siempre un punto de vista crítico e irónico, con un sentido del humor muy sano. Te lo recomiendo:
    http://nmas1.wordpress.com/2010/05/21/proyecto-basico-y-de-operacion/

    Salut!

    • Ignasi,

      he rigut molt…

      gràcies pels teus comentaris

      • Yosc, no sé si aquest missatge t´arrivarà, però suposo que sí.
        Llegint l´article, m´ha semblat que la casa del riu de wright, potser finalment no era gaire cómoda d´habitar, perque estar tot el dia sentt la caiguda d´aigua deus acabar boig, i fixat, el kauffman li agradava aquella roca per estirar-se i sentir l´aigua, perque era una cosa que no podia fer normalment, i l´excepcionalitat del fet li donava tota l´atracció, però estar obligat a estar tot el dia sentint-la deu ser insoportable.
        Per altre banda, és innegable l´exit d´aquesta casa però em sembla que el que reflexa és l´èxit de l´arquitectura en sí, que l´edifici era la finalitat, barrejat perfectament amb l´entorn, però no sé si l´importava gaire qui anés a viure. Arquitectura escultòrica, icònica.
        Escolta diguem com trob ls planols de les cases de tortois i sarria.
        Petó guapu!

      • La reflexió és molt acertada….es clar, cal tenir en compte que en Kaufmann va decidir al llarg de la seva vida dedicar-se al poder i no pas a l’amor per les coses, de manera que va preferir sacrificar el seu lloc, i per tant el seu temps de repòs i reflexió, en favor de la construcció d’un símbol de la seva influència sobre les gents, les coses i la natura…així, es va posar en mans d’un home, en F-LL. Wright, que presumia de la fusió de l’arquitectura amb la Natura, cosa que sovint aconseguia en altres cases, però en aquest cas va voler, van voler tots dos, des d’un inici, construïr una casa que fes història, sacrificant el sentit comú per la espectacularitat…i el resultat ja el coneixem….tots dos van aconseguir el seu objectiu, però deixant-se pel camí esències irremplaçables…la casa va servir per fer festes amb la flor i nata de Pittsburg, però la pedra on en Kaufmann s’estirava al sol va passar a ser el terra de la llar de foc, i la familia es va quedar sense lloc on banyar-se….

        Ja penjaré els plànols de Tortoise i Sarrià, tant bon punt tingui un moment….

        Petons!

  2. Yosko,

    te mando un post de mi blog personal sobre la relación cliente – profesional:
    http://naninan.blogspot.com/2009/11/arquitectura-no-es-democracia-projecte.html

    (Ahora tengo tengo bastante parado este blog. A ver si lo reanudo pronto…y le doy un “meneo”.)

    Ignasi

    • Hola Ignasi,

      m’agrada molt l’article. en tot cas, crec que no hi ha un bon client sense un bon arquitecte, i que en realitat el que ha de ser bo és la relació, que s’ha de basar en la mutua confiança i en un lleuger desequilibri o en un equilibri preacri, que posi en tensió creativa a tots els agents. I algú ha de liderar; si fossim japonesos seria una lleugera prepoderància del yang sobre el ying, sent el yang l’arquitecte, el que dóna…

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